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La pieza de oro, plata y piedras preciosas fue utilizada por Eugenio Pacelli, Juan Pablo II y Jorge Bergoglio en distintas celebraciones religiosas. Ahora volverá a ocupar un lugar central durante la misa que León XIV celebrará en el Monumento de los Españoles, en Palermo.

Cuando el Papa León XIV levante el cáliz durante la misa que celebrará ante una multitud en el altar elevado del Monumento de los Españoles, en Buenos Aires, no estará sosteniendo únicamente uno de los objetos más significativos de la liturgia católica. Tendrá en sus manos una pieza que atravesó casi un siglo de historia religiosa y política argentina, vinculada con cuatro pontífices y con algunos de los acontecimientos más trascendentales de sus respectivas épocas.

Será el cuarto Papa que lo tenga en sus manos. Dos de ellos lo utilizaron antes de convertirse en pontífices y otros dos durante el ejercicio de su ministerio. El cáliz fue empleado por Eugenio Pacelli, futuro Pío XII; por Juan Pablo II durante sus dos visitas al país; y por Jorge Bergoglio, antes de convertirse en Francisco. Ahora, León XIV volverá a utilizarlo en una celebración que tendrá como escenario el mismo lugar donde comenzó una historia que se remonta a 1934.

La pieza se conserva como un tesoro en la Catedral Metropolitana. Su utilización durante la próxima misa fue mantenida bajo reserva en los últimos días, en una decisión que, según el relato, buscó evitar posibles tentaciones. El rector de la Catedral, padre Alejandro Russo, explicó a la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA) los detalles de su origen y de su significado.

La obra de los Pallarols y el homenaje al Cristo Eucarístico

El cáliz fue imaginado y realizado por los orfebres José Pallarols y su hijo, Carlos Pallarols Cuni, hace noventa y dos años, con motivo del Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires. La familia ya contaba con una extensa tradición artesanal: había instalado su taller de orfebrería en 1750, cuando el Río de la Plata todavía se encontraba en sus primeras etapas de desarrollo.

La dinastía continúa en la actualidad con Juan Carlos Pallarols, hijo de Carlos y nieto de José, y con Carlos Daniel Pallarols, hijo de Juan Carlos.

La pieza responde a un diseño neobarroco de tipo pontificial. Fue elaborada con oro y plata fundida, calada y cincelada, e incorpora aplicaciones de oro y piedras preciosas. Entre sus materiales se encuentran topacios, lapislázuli y perlas, que delinean espigas de trigo, racimos de uvas y otros motivos relacionados directamente con la Eucaristía.

Una de las gemas tiene grabada la palabra latina "Pax", que significa paz. El padre Russo explicó que parte de los materiales utilizados en su elaboración fueron donados por particulares en 1934.

"Fue construido con oro, plata y piedras preciosas donadas por las familias de Buenos Aires como homenaje a Cristo Eucarístico y como expresión de adhesión al Santo Padre", señaló el rector de la Catedral.

El significado del cáliz trasciende su valor artístico. Se trata de uno de los objetos más sagrados y venerados de la liturgia católica. Durante la misa, el vino que contiene se convierte en la Sangre de Cristo mediante el misterio de la transustanciación. De esta manera, representa directamente el sacrificio de Jesús en la cruz y remite a la Última Cena, cuando Cristo tomó la copa, dio gracias y la compartió con sus apóstoles: "Esta copa es la nueva alianza de mi sangre".

También aparece asociado a la oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní: "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz: pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". La palabra, además de su sentido litúrgico, se convirtió en una metáfora del sufrimiento y de la aceptación de la voluntad de Dios.

Eugenio Pacelli y el Congreso Eucarístico de 1934

La historia del cáliz quedó ligada desde su origen a un acontecimiento de dimensiones continentales. En 1934, el entonces secretario de Estado del Vaticano, cardenal Eugenio Pacelli, llegó a la Argentina como legado papal para presidir el Congreso Eucarístico Internacional.

Pacelli no era solamente el secretario de Estado de la Santa Sede. También se desempeñaba como secretario privado del papa Pío XI y había sido enviado personalmente por él. Su llegada representó un acontecimiento excepcional: fue la primera vez que una dignidad tan elevada de la Iglesia de Roma pisaba el continente americano.

El futuro Pío XII arribó el 9 de octubre de 1934, a bordo del Conte Grande, considerado el barco más lujoso de la época. La embarcación ancló en la Dársena Norte, escoltada por seis buques de la Armada. Cuatro horas después, alrededor de las tres de la tarde, Pacelli descendió para ser recibido por el presidente de la Nación, el general Agustín P. Justo.

El país atravesaba entonces los años difíciles de la denominada Década Infame, marcada por el fraude electoral conocido como "fraude patriótico", una expresión contradictoria, y por la presencia de militares y conservadores en los principales cargos de la administración.

El escenario internacional también estaba atravesado por profundas tensiones. Adolfo Hitler llevaba un año y medio como canciller de Alemania, mientras Benito Mussolini había entregado al fascismo el antiguo imperio de la civilización italiana. En las sombras, se preparaban las armas que cinco años después desencadenarían la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que marcaría de manera particular el papado de Pacelli.

El Congreso Eucarístico se inauguró el 10 de octubre en Palermo. Allí se levantaba una enorme cruz que ocultaba el Monumento de los Españoles. La jornada fue declarada asueto nacional, una decisión que se repetirá el lunes 9 de noviembre, según la información proporcionada.

Pacelli habló ante una multitud reunida bajo un cielo azul. Las crónicas de la época apenas pudieron dimensionar la cantidad de asistentes. Un dato, sin embargo, permite comprender la magnitud de aquella convocatoria: cien mil chicos recibieron la comunión ese día, vestidos de blanco y frente al cáliz de los Pallarols, que el cardenal sostenía en sus manos.

La celebración reunió en Buenos Aires a autoridades eclesiásticas, sacerdotes y peregrinos provenientes de casi todo el continente, en una manifestación de fe que dejó una huella profunda en la Argentina y en América.

Juan Pablo II: dos visitas y un cáliz 

El vínculo del cáliz con Juan Pablo II quedó marcado por dos viajes de características muy diferentes. El primero se produjo el 11 de junio de 1982, durante la Guerra de Malvinas, cuando el país atravesaba los combates más feroces y finales del conflicto.

El pontífice llegó a Buenos Aires a las 8.50 de la mañana, en una visita relámpago de treinta y seis horas que no estaba incluida originalmente en su agenda. El viaje buscaba expresar un gesto de buena voluntad, luego de que el Papa visitara Gran Bretaña en una gira programada dos años antes. Su llegada a la Argentina pretendía despejar suspicacias generadas por aquella visita al Reino Unido.

El 25 de mayo, Juan Pablo II había enviado una carta dirigida "A los queridos hijos e hijas de la Nación Argentina", en la que consideró necesaria una aclaración sobre su viaje apostólico y pastoral a Inglaterra, Escocia y Gales.

El Papa explicó que cancelar aquella visita habría significado una desilusión para los católicos y no católicos británicos. Sin mencionar directamente la guerra, expresó su dolor por las muertes ocasionadas por el conflicto entre Argentina y Gran Bretaña y manifestó su esperanza de que se alcanzara una solución honrosa mediante una negociación pacífica.

También anunció su intención de viajar a la Argentina, impulsado por su preocupación por la paz y por el amor hacia los argentinos, a quienes consideraba especialmente probados en aquellos momentos de dolor.

Una jornada intensa en medio de la Guerra de Malvinas

Al llegar a Ezeiza, frente al general Leopoldo Galtieri, Juan Pablo II pronunció sus primeras palabras en el país: "¿Puedo hablar?". La pregunta tenía una explicación práctica, vinculada con el funcionamiento de los micrófonos, pero también fue interpretada como una parábola en el contexto de la dictadura.

"Bendito sea el Señor que me hace llegar hasta esta querida tierra argentina", expresó. Luego definió el carácter de su visita como pastoral y eclesial, por encima de cualquier intencionalidad política. "Es simplemente un encuentro del padre en la fe con los hijos que sufren", afirmó, al presentar a Cristo como camino de paz, reconciliación y esperanza.

El pontífice tenía entonces sesenta y dos años. El año anterior había sido herido en la Plaza de San Pedro por el turco Ali Agca. Sin embargo, se lo veía vigoroso, templado y pujante.

Desde Ezeiza se trasladó al centro de Buenos Aires en el papamóvil, una camioneta Ford 350 modelo 1981 provista por el Automóvil Club Argentino. Rezó en la Catedral y llegó a la Casa de Gobierno, donde lo aguardaban los integrantes de la Junta Militar responsable de la guerra: Galtieri, el almirante Jorge Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo.

Ingresó al Salón Blanco con sus pesados zapatos negros de sacerdote sobre el parquet encerado, que no estaba cubierto por la alfombra roja. Después de descansar brevemente en la Nunciatura, viajó a Morón, donde a las tres de la tarde abordó el coche presidencial de un tren de ocho vagones que lo llevó hasta Luján. Bajo una lluvia leve, volvió al papamóvil y se dirigió a la Basílica, donde celebró una misa ante, según las crónicas, un millón de fieles.

Regresó a la Nunciatura a las nueve y media de la noche y salió a los balcones del palacio de la avenida Alvear para bendecir a otra multitud.

Al día siguiente, repitió la bendición antes de dirigirse a la Catedral, donde se reunió con el clero argentino, presidido por el cardenal Juan Carlos Aramburu, y con el arzobispo de Medellín, Alfonso López Trujillo.

A las once de la mañana llegó al Monumento de los Españoles para celebrar la misa de Corpus Christi, nuevamente ante miles de personas. En aquella oportunidad, habló del cuerpo de Cristo derramado en la sangre de las víctimas del conflicto y pidió que esa sangre fuera luz para los argentinos y británicos que habían muerto durante las acciones bélicas.

Durante esa misa, Juan Pablo II elevó el cáliz de los Pallarols, la misma pieza que ahora utilizará León XIV. A las cuatro de la tarde de ese agitado día, el pontífice emprendió su regreso a Roma.

Dos días después de aquella visita, las fuerzas armadas argentinas rindieron su posición en Puerto Argentino.

El regreso de 1987: una maratón pastoral por diez provincias

Juan Pablo II volvió a la Argentina en abril de 1987 para una visita pastoral de seis días que, según el relato, sentía que le debía al país. A diferencia de su primer viaje, esta vez desarrolló una actividad extraordinariamente intensa: recorrió diez provincias y pronunció veintiséis discursos.

Tenía sesenta y siete años cuando llegó el 6 de abril, a las cuatro de la tarde, al Aeroparque Jorge Newbery, procedente de Chile. Su viaje anterior había estado marcado por la guerra; ahora llegaba después de haber actuado como mediador exitoso en el conflicto del Beagle, que permitió la firma de un acuerdo bilateral.

Al besar el suelo del Aeroparque, expresó ante miles de personas que se agolpaban contra las rejas de la terminal: "Siento una profunda alegría y una gran emoción al pisar por segunda vez esta bendita tierra de la Argentina". Explicó que regresaba para cumplir su misión de evangelizar, ser Maestro de la fe y, como sucesor de Pedro, confirmar a sus hermanos.

A bordo del papamóvil, del que esta vez hubo más de una unidad a su disposición, se dirigió a la Catedral y luego cruzó la Plaza de Mayo hasta la Casa Rosada. En la escalinata de la calle Rivadavia lo esperaba el presidente Raúl Alfonsín, con quien conversó a solas antes de saludar al gabinete, diputados, senadores y miembros del Poder Judicial en el Salón Blanco.

Después utilizó el balcón de la Casa Rosada para bendecir a la multitud que coreaba: "¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!". La agenda del pontífice continuó al día siguiente con una extensa gira por distintas provincias.

De Bahía Blanca a Salta, Corrientes y Paraná

El 7 de abril, Juan Pablo II viajó a Bahía Blanca y, horas después, voló a Viedma, donde llegó cerca de la una de la tarde. Allí lo recibió el recordado obispo Esteban Hesayne.

A las tres de la tarde partió hacia Mendoza y, a las siete y media, llegó a Córdoba para pasar la noche.

Al día siguiente, a las 8.10, ingresó a la Catedral cordobesa, donde lo esperaban trescientos enfermos. Los bendijo y conversó con ellos durante más tiempo del previsto, pese a que la agenda era limitada. Luego se dirigió al Área Material Córdoba, donde lo esperaba el cardenal Raúl Primatesta.

A las tres y media de la tarde viajó a Tucumán y, cerca de las siete, aterrizó en Salta para celebrar una misa en el hipódromo Limache. Posteriormente ingresó a la ciudad capital, donde cenó y descansó en la casa arzobispal.

El 9 de abril llegó a Corrientes bajo un diluvio que no impidió la celebración de una misa ante cien mil personas. Luego viajó a Paraná, donde arribó a las cinco de la tarde. Allí lo recibió monseñor Estanislao Karlic, en un aeropuerto convertido en templo católico.

Cerca de las ocho de la noche, el Papa estaba nuevamente en Buenos Aires.

Los trabajadores, los empresarios y la evangelización

El viernes 10 de abril, Juan Pablo II celebró una misa en el estadio de Vélez. Por la tarde, después de la siesta, se trasladó al Mercado Central, donde trescientos mil trabajadores lo recibieron junto a los dirigentes de la CGT, encabezados por su secretario general, Saúl Ubaldini.

El pontífice habló sobre la evangelización del mundo laboral y sostuvo que los trabajadores no debían limitarse a objetivos de corto alcance, como la concertación colectiva de las remuneraciones o la disminución de las horas laborales.

También señaló que era legítima la contienda sindical, siempre que estuviera orientada a los objetivos propios del mundo del trabajo, al fortalecimiento de la solidaridad y a la elevación del nivel de vida material y espiritual de los trabajadores.

El 11 de abril viajó a Rosario, donde celebró una misa en el Monumento a la Bandera. Luego regresó al Aeroparque, cerca de las ocho de la noche.

Durante ese vuelo, pidió al comodoro Alberto Vianna, comandante de la aeronave, que sobrevolara la Basílica de Luján. En un breve encuentro previo, el Papa le había dicho: "Europa está muy desacralizada, ustedes deben perseverar en la evangelización y no bajar los brazos, la salvación del mundo partirá de la Argentina".

Ante el asombro del militar, insistió: "Quiero ver Luján". Vianna solicitó autorización para que el avión descendiera por debajo de los trescientos metros, una maniobra considerada osada, con el objetivo de que el pontífice pudiera observar la Basílica.

Ese mismo día, Juan Pablo II habló ante diez mil empresarios en el Luna Park. En su discurso, destacó la fertilidad de los campos argentinos, la abundancia de los ganados y las riquezas naturales, pero también la capacidad de trabajo y el espíritu emprendedor de quienes desarrollaban empresas y proyectos.

El Papa sostuvo que esas capacidades debían estar al servicio del bien común y que la justicia con Dios debía expresarse también en la justicia con los demás hombres.

La Jornada Mundial de la Juventud 

Por la noche, Juan Pablo II llegó en el papamóvil a la avenida 9 de Julio, donde se celebraba la Jornada Mundial de la Juventud. Ante una multitud, tomó un sorbo de mate que le ofreció uno de los jóvenes. Wojtyla, descrito como un pontífice osado, habló sobre la violencia que había sacudido al país durante la década de 1970, la dignidad y los derechos de las personas.

Insistió en la necesidad de que los hermanos no volvieran a enfrentarse, de que no hubiera más secuestrados ni desaparecidos y de que no existiera lugar para el odio y la violencia.

Al día siguiente, al mediodía, un millón de personas lo aguardaban en la misma avenida para la celebración de la Misa de Ramos. Fue la primera vez en la historia que un Papa celebró esa ceremonia fuera del Vaticano.

En el altar estaba entronizada la imagen auténtica de la Virgen de Luján, que los jóvenes habían llevado en procesión desde la Basílica. Ante el presidente Alfonsín, Juan Pablo II consagró a la Virgen antes de rezar el Ángelus.

El pontífice partió de Ezeiza a las siete y media de la tarde. Tres días después, se produjo en Córdoba el primero de los alzamientos carapintadas contra el gobierno de Alfonsín.

En las ceremonias centrales de su visita a Buenos Aires, especialmente durante la gran celebración de la avenida 9 de Julio, Juan Pablo II volvió a utilizar el cáliz de los Pallarols, la misma pieza que ahora tendrá León XIV en sus manos.

De Bergoglio a León XIV

El recorrido histórico del cáliz también incluye a Jorge Bergoglio. Antes de convertirse en el papa Francisco, el entonces obispo y cardenal utilizó la pieza en sus celebraciones religiosas. De esta manera, el objeto quedó asociado a tres pontífices que lo emplearon en distintos momentos de sus trayectorias: Pacelli, Juan Pablo II y Bergoglio.

La próxima misa de León XIV en el Monumento de los Españoles volverá a situar al cáliz en el centro de una celebración multitudinaria, en el mismo escenario que recibió a Pacelli en 1934 y a Juan Pablo II durante sus visitas de 1982 y 1987.

La Iglesia Católica argentina, relativamente joven, conserva así una pieza que se convirtió en un testimonio material de su historia. Su elaboración fue posible gracias a la contribución de familias porteñas, su diseño quedó en manos de una dinastía de orfebres que continúa activa y su utilización atravesó acontecimientos que marcaron a la Argentina y al mundo.

El cáliz reúne en una misma pieza la tradición de la Eucaristía, el legado artístico de los Pallarols y la memoria de las visitas papales. Desde la multitud de cien mil niños que comulgaron en 1934 hasta las celebraciones de Juan Pablo II durante la guerra de Malvinas y el regreso democrático, su historia quedó vinculada con momentos de fe, dolor, esperanza y reconciliación.

Ahora, cuando León XIV lo eleve durante la misa en Buenos Aires, volverá a ocupar el lugar para el que fue concebido: el altar de una celebración religiosa. Pero también será el protagonista de una historia que une a cuatro Papas con la Argentina y que, casi un siglo después de su creación, continúa escribiéndose.

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