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“Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia.” La canción de los ’80 a la que Litto Nebbia le puso música y Silvina Garré su voz tenía un autor de la letra: el cineasta Eduardo Mignona, ya fallecido. A cincuenta años del golpe de 1976, una frase imaginaria remite a aquel texto con una ligera adaptación. Sería así: “La historia la pelean quienes la escriben.”

La intención de contar el pasado, de revisar los hechos y traerlos al presente, iluminar los entresijos que permanecen en las sombras, es una de las motivaciones del sociólogo e investigador Roberto Baschetti.

Autor de decenas de títulos, sobre todo de la historia del peronismo, Baschetti acaba de publicar un libro incómodo para muchos hombres y mujeres que participaron, acompañaron o colaboraron con la dictadura iniciada en 1976 (y que quisieran que ese capítulo de su pasado personal sea convenientemente olvidado).

La obra en cuestión lleva un título directo, elocuente: Complicidad civil en las dictaduras cívico-militares del ’55 al ’83. Es una ambiciosa investigación de casi mil páginas (974 en rigor) que se estrenó en los últimos días pero bajo formato electrónico: es un PDF de libre acceso, siempre que se contacte al autor a través de las redes.

Por las páginas del texto desfilan, seguramente a su pesar, 2058 civiles de distintos ámbitos. Hay empresarios, publicistas, profesores, periodistas, rectores, gremialistas, abogados, economistas, escritores, dueños de medios, diplomáticos y funcionarios de distinto nivel en el Estado. Encarnan la pata civil del poder militar, de los distintos gobiernos dictatoriales que tuvo la Argentina a partir de 1955.

Baschetti los define como peones o alfiles al servicio del Estado burocrático autoritario, concepto acuñado por el reconocido intelectual Guillermo O’Donnell, fallecido en 2011. O’Donnell fue un politólogo pionero en los estudios de las dictaduras del Cono Sur, avaladas por EEUU, que se apoyaban en las elites empresariales y tecnocráticas.

 “Este libro -arranca Baschetti en el diálogo con Tiempo– deja al descubierto a los individuos de clase alta y oligárquica, tanto financiera como terrateniente, que en las dictaduras combinaron cargos estatales a nivel ministerial con la actividad privada que al mismo tiempo los enriquecía.”

Y añade: “O’Donnell definía al Estado burocrático autoritario como aquel que anula los mecanismos políticos y democráticos con el fin de restablecer un determinado orden social y económico anterior, que supuestamente había sido alterado como resultado de una considerable organización autónoma de la población y en especial de los trabajadores.”

Graduado en la Universidad del Salvador, jubilado tras dos décadas en la Biblioteca Nacional (donde fue director del Departamento de Adquisiciones e Intercambio), Baschetti hace de todos modos una aclaración necesaria. Dice que entre los civiles -tanto hombres como mujeres- que colaboraron con la dictadura jugaban un papel importante “los funcionarios grises”.

Se refiere así a aquellos que, desde segundas o terceras líneas, hacían mover la maquinaria de la apertura económica, la desindustrialización y el disciplinamiento social. Además, en la gestión cotidiana del exterminio cumplía su rol, no por burocrático menos cruel, un ejército silencioso de espías, infiltrados e informantes, ‘plumas’ y ‘doblados’.

Eran los que se hacían pasar por algo que no eran: los que engañaban, los que delataban incluso a los más próximos. En la estructura interna de las distintas FFAA la mayor parte de ellos -y ellas- reportaba al Batallón 601 del Ejército. Para el lenguaje castrense eran “PCI”, personal civil de inteligencia. Pero también había agentes de la Policía Federal como Isabel Maria Margarita Correa, conocida como “Isabelita”.

Correa llegó a participar de Madres de Plaza de Mayo para espiarlas sistemáticamente: su función, según se supo mucho después al descubrirse un legajo del año 1982, era la “recolección de información”.

En su libro, Baschetti despliega 2058 historias de personas que, sin vestir uniforme, hicieron sus aportes al experimento regresivo en el que los dictadores Videla, Viola, Galtieri y Bignone decidían sobre las vidas y los bienes de los argentinos. Los cómplices civiles, plantea el autor, lo hicieron por afinidad ideológica (“en defensa de la civilización occidental y cristiana”), por intereses económicos o por las dos cosas.

En su PDF van apareciendo, en orden alfabético, el represor Aníbal Gordon, civil al mando del centro clandestino de Automotores Orletti (años después jefe de una banda que secuestraba empresarios); también el secretario general de la UOCRA Gerardo Martínez, sobre quien apareció documentación que lo ligaba al Batallón 601 en condición de agente civil entre 1982 y 1983 (el juez Ariel Lijo, que actuó en el caso, no lo consideró partícipe en crímenes de lesa humanidad).

Roberto Baschetti, sobre los civiles del Partido Militar: "Combinaron cargos con actividad privada para enriquecerse"
Aníbal Gordon, colaborador civil de la dictadura, jefe del centro clandestino Automotores Orletti

En la charla, Baschetti mencionó otros nombres de civiles consustanciados con la dictadura. Figuras menos conocidas pero igualmente portadores de historias bastante oscuras; personas que negaron o relativizaron el genocidio, que en su momento le dieron justificación conceptual o que pusieron su expertise -publicistas, consultores, economistas, hombres de la prensa- para contribuir con ese proyecto político.

-Durante mucho tiempo se usó la expresión ‘Partido Militar’ para referirse al último resguardo del establishment frente a situaciones que consideraban peligrosas para sus intereses. El libro se refiere a 2058 personas. ¿Los considera parte del Partido Militar? 

-Sí. Totalmente, más allá de las divisiones dentro de ese corpus de civiles, cipayos, que proceden de diferentes segmentos. Por ejemplo, entre los violentos tenés a los comandos civiles del ’54 y ’55, que abortaron la experiencia peronista (1946-1955) después de nueve años de gobierno y cuando había ganado cómodamente las elecciones para el período 1952-1958. En la investigación comprobé que algunos de los colaboradores de la dictadura también habían sido parte de la dictadura anterior, que se llamó Revolución Argentina, la de (Juan Carlos) Onganía y (Agustín) Lanusse. Luego, fundamentalmente, tenemos una cantidad impresionante de civiles que formaron parte del Batallón 601 del ’76 al ’83: como Gerardo Martínez, el de la UOCRA. Quien siempre se justificó diciendo que era muy jovencito y que “bueno, necesitaba trabajar”. Es lo que siempre dicen. Que era un puesto administrativo y que lo único que tenían que hacer era archivar papeles para pasarlos luego a máquina. Pero yo recuerdo que, cuando se buscaba a alguien para hacerlo desaparecer, primero se escribía un papel.

-¿Hay otro nombre entre el personal civil de inteligencia que lo haya sorprendido?

-Hay muchos y sería muy injusto nombrar a uno. Pero, bueno, muchos estaban convencidos de que (Aníbal) Gordón era un militar y no. Fue un civil que tuvo a cargo un centro clandestino, Automotores Orletti. Otro cómplice civil que fue un cretino fue Julio César Marturet. Con el retorno de la democracia se desempeñó como subsecretario de Acción Cooperativa del gobierno provincial de Misiones. ¿Y qué hizo este cretino como agente del Batallón 601 durante la última dictadura? Lo suyo fue de un cretinismo, una cobardía y una traición sin límites: entregó a su ex novia (Marcela Molfino) para que la mataran. Y después, cuando se descubrió, juró y perjuró que él no tenía absolutamente nada que ver. Se los juró a los integrantes de la familia Molfino. Dijo que era un error, que él no había sido servicio de inteligencia durante la dictadura. Que no había tenido nada que ver con la desaparición de Marcela, quien había sido su novia de la adolescencia. Pero el tema saltó en 2010 (en ese año se desclasificó la lista completa de miembros encubiertos del Batallón 601; entonces se supo que el agente civil de inteligencia identificado con el número 2832 se correspondía con el DNI 7.863.331: era Julio Marturet, NdR) y el nombre, el número de documento, coincidían con lo que se leía en los diarios.

Roberto Baschetti, sobre los civiles del Partido Militar: "Combinaron cargos con actividad privada para enriquecerse"
Julio César Marturet con Marcela Molfino.

-Hay un artículo de la periodista Laura Vales, publicado por Página 12 en 2010, que cuenta esa historia: “El infiltrado en la mesa familiar”.

-Sí, recuerdo de esa nota. Y hablando de casos hay otro que es terrible. Un tipo que era profesor de historia en La Plata: Ricardo Peláez. Era profesor (en el Bachiller de Bellas Artes dependiente de la Universidad Nacional de La Plata) cuando estaban los chicos de La Noche de los Lápices. Peláez era profesor de ellos y tenía un encono personal con uno de los compañeros desaparecidos, Francisco Bartolomé López Muntaner, ‘Panchito’, uno de los chicos mártires, de 16 años. Este pibe militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES): cuando lo secuestraron estaba leyendo La formación de la conciencia nacional, de Juan José Hernández Arregui. Como a ‘Panchito’ le gustaba la historia siempre que el profesor Peláez decía alguna barbaridad él lo salía a refutar. Y cuando Peláez perdía las discusiones los pibes se entusiasmaban, porque de alguna manera uno de ellos lo había puesto en vereda a ese tipo. Al final, cuando ya se sabía que a ‘Panchito’ lo habían secuestrado, Peláez empezaba la clase diciendo con una sonrisa cínica: “¿Hoy no vino Muntaner? Bueno, díganle que se va a quedar libre.” Pero él ya sabía que estaba desaparecido.  

-Con relación a esos hechos, un artículo sobre Ricardo Peláez dice que era muy cercano a la directora de la escuela (el Colegio de Bellas Artes platense), Susana Fittipaldi de Gallo, quien a su vez era la esposa del rector de la Universidad, el médico veterinario Guillermo Gallo.

-Sí. Así es. Gallo era el interventor de la Universidad de La Plata.

Roberto Baschetti, sobre los civiles del Partido Militar: "Combinaron cargos con actividad privada para enriquecerse"
Videla en su viaje a Venezuela con diversas personalidades.

-¿La dictadura tuvo muchos colaboradores civiles en el ámbito de la cultura o el periodismo?

-Muchos, y además hay mucho que se puede recuperar (de los archivos). Recuerde que en la época de Cristina se dio a conocer un listado de todos los que habían colaborado con el Batallón 601. Yo encontré ahí a muchos periodistas, sobre todo a nivel de las provincias. Nadie sospechaba de ellos, pero los diarios locales empezaron a investigar y el tema salió y creció: esa gente tuvo que justificar lo injustificable. Había agentes del 601 no sólo a nivel periodístico sino también en las facultades, docentes o administrativos de las universidades. Por otro lado, quiero dar un ejemplo histórico del acompañamiento civil. En el primer tramo de su gobierno, en pleno genocidio, Videla viaja a Venezuela y lleva a un séquito de personalidades (NdR: se refiere al viaje del 11 de mayo de 1977, en el que Videla llegó a Caracas acompañado por una comitiva muy numerosa integrada por el Premio Nobel de Química Luis Federico Leloir, los deportistas Juan Manuel Fangio y Roberto De Vicenzo, directivos de medios como Carlos Ovidio Lagos y José Romero Feris, el cantor de tango Edmundo Rivero más una decena de empresarios ligados al agro como Enrique Esquenazy, Pascual Mastellone, Guillermo Alchourón y José Gogna). Querían justificar lo injustificable. Porque en el mundo ya se hablaba de las desapariciones, los muertos y los asesinatos. Esta gente hacía de comparsa.

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